El formato debe ser de dos por dos metros y cubre
buena parte de una de las paredes de su oficina. Sobre un fondo de
manchas opacas, que semeja un caos angustioso, asoma de pronto,
espléndida y luminosa, en una de las esquinas del cuadro, ordenándolo
todo, una bandera chilena que, con sus colores vivos y fuertes, se
agita como sobresaliendo en medio de una multitud.
"La pintó
Gracia Barrios y me la prestó cuando asumí por primera vez de ministro
-relata Ricardo Lagos, sentado en su oficina de la Fundación Democracia
y Desarrollo. Cuando dejé ese cargo -continúa- quise devolvérsela, pero
me la regaló. Ha itinerado conmigo desde entonces".
Es "La
Fiesta del No". En su oficina hay también unos grabados de Matta y una
acuarela de Roser Bru; pero la pintura de Gracia Barrios destaca por
sobre todos ellos.
Viste muy elegante (el movimiento de los
brazos deja ver de pronto la etiqueta de A. Andreoli) y conversa con
nosotros durante un par de horas, sin cuestionario previo, apuntes,
revisiones ni nada que se le parezca.
-¿Cómo recuerda esos días que se celebran en la pintura? ¿Con nostalgia? ¿Con orgullo?
-Es
una mezcla de sensaciones. Nostalgia, por supuesto, por esos años en
que era tan fácil pedir el voto. Es que el voto no era para uno, era
para que todos en conjunto pudiésemos dibujar la patria. Es esa una
época desprovista de toda ambición personal, hubo entonces grandeza y
generosidad de todos. Nadie dudaba de la legitimidad de los partidos,
por ejemplo, para definir las candidaturas. Dos días después del
triunfo del No, llegué a una asamblea partidaria de Las Condes. Y la
gente comenzó a gritar ¡Lagos, Presidente! Declaré entonces que no
sería candidato. La gente no me creyó. Igual que ahora.
-También
me acuerdo de una caricatura que apareció en El Mercurio. La Señora
Presidencia cortejada por todos nosotros, por mí, por Aylwin, por
Valdés, Silva Cimma. Igual que ahora. Nadie me creyó entonces que no
era candidato, tampoco me creen ahora.
-¿Usted siente que debieran creerle?
-En
esta carrera de la coalición no voy a participar. No seré candidato.
Hay muchas formas de servir al país y haré lo que estoy haciendo:
ayudar a los candidatos. Tan pronto termine el proceso, reanudaré las
actividades que he venido ejecutando estos últimos dos años.
Se
mueve en el sillón como si el asunto ya le incomodara. Por ahora
prefiere seguir la conversación y abandonar ese tema. Hacia el final
volveríamos sobre el punto.
"¡Cambiamos a Chile, ahora tenemos que cambiar nosotros!"
-Fuera del recuerdo ¿queda todavía algo del No?
-Mucho,
sin duda. Piense usted que son 20 años del No; pero 18 de gobierno. Y
si usted compara el desempeño de estos 18 años con el de los 17 que le
antecedieron el resultado está a la vista: en 17 años se creció un 58%,
en estos 18 un 140%; en esos 17 años de Pinochet, sólo una vez hubo una
inflación de menos de un dígito, en cambio eso ha ocurrido en catorce
de estos 18 años; algo semejante puede decirse del ingreso per cápita
2.6 versus 5.8. Esos datos desgraciadamente se nos olvidan. Y no
sabemos defenderlos.
-Pero al margen de esos datos, pareciera que el proyecto de la Concertación está agotado...
-Es
que hoy es otro Chile y es otro mundo. Todo es distinto, las crisis y
el cambio. Y el futuro de la Concertación depende entonces de la
capacidad que tengamos de producir un programa que interprete a Chile.
¡Cambiamos a Chile, ahora tenemos que cambiar nosotros! Cuando Felipe
González perdió el gobierno, me dijo: "Lo que ocurrió fue que no nos
dimos cuenta de que cambiamos España". Ese es el esfuerzo que tenemos
que hacer ahora: comprender el Chile que tenemos ante los ojos y
cambiar. Por eso a propósito de los 20 años del triunfo del No
-continúa, sin detenerse- propuse un gran seminario que debía llamarse
"El Chile que queremos". Pero no hubo interés.
-Es que la cultura de coalición parece estar más débil ahora...
-Hoy
la cultura de coalición está débil entre los partidos y dentro de
ellos. No hay disciplina del interés común. Hace 20 no pensábamos que
gobernaríamos al país al menos por ese mismo lapso; pero entonces
teníamos confianza recíproca e ideas (incluso -ríe- ¡teníamos ideas tan
modestas como una asamblea constituyente!). Y había trabajo
intelectual. Ahora tenemos que pensar nuestro propio éxito en vez de
ser víctimas de él. Hay que pensar en el cambio que fuimos capaces de
producir.
-Es decir que entonces había ideas y un cierto
desprendimiento del poder y hoy, en cambio, es al revés: más empeño por
el poder o los cargos que ideas...
-Algo así. Cuando el No,
ninguno pensaba que íbamos a gobernar por al menos veinte años, sino
más, ya veremos. Todos pensamos entonces que el gobierno de cuatro años
era un estricto gobierno de transición después del cual cada uno
competiría por su cuenta. Por eso el tema de la transición española -la
transición con Suárez y luego el gobierno con Felipe González- fue un
tema permanente de esos años. Pero así y todo las ideas sobraban y el
trabajo intelectual estaba de nuestro lado. Ese trabajo hay que
retomarlo ahora porque, como le digo, hay que pensar los cambios que
son fruto de nuestro propio éxito.
-¿Cómo resumiría usted ese cambio que detecta?
-En
una frase, se trata de lo que yo llamaría una apertura cultural. Eso
quizás sea lo más relevante. Un país que es, a fin de cuentas, más
liberal; algo que se manifiesta incluso en lo que pudiéramos llamar
excesos. Pero toda época, para qué nos vamos a engañar, tiene sus
propios excesos. Déjeme contarle una anécdota que retrata lo que le
digo. Hace poco un grupo de estudiantes me preguntó por la famosa
escena del dedo...
-El dedo de Lagos...
-Sí, el dedo de
Lagos. Le sugerí que viera la escena en Youtube. "¿Y eso era todo?", me
preguntó el estudiante algo desilusionado. Y es que en esta época
-asertiva y franca- esa escena pierde mucho del vigor que entonces tuvo.
"La derecha del 5 de octubre aquél ha tenido un ¡tremendo! progreso"
-¿Y la derecha? ¿Carece también de un proyecto?
-Tampoco
veo un proyecto en la derecha, un proyecto coherente y novedoso. La
derecha parece estar más enconada en busca del desalojo, que reflexiva.
Espero, sin embargo, que surja ese proyecto. Ojalá en esta elección
pueda haber debate sobre esto. Le haría bien al país. Después de todo,
las democracias sanas discuten sobre su futuro.
-¿Y Piñera?
¿Acaso él no representa un viraje novedoso? Después de todo es el
candidato de la derecha, pero al mismo tiempo fue parte del No que se
conmemora justamente hoy...
-Discúlpeme, no quiero ser
peyorativo. Pero que Piñera -que hace veinte años votó que No- sea el
candidato de la derecha puede interpretarse como que ese sector rechaza
su propia historia. Alguien diría que es casi un acto fallido; pero,
claro, Piñera al año siguiente del No se alistó con la derecha. Fue
elegido como senador por Santiago con los votos del Sí. Y de ahí en
adelante, con altibajos y tropiezos, ha sido parte de ella y desde ese
punto de vista es una figura del Sí.
-Pero la derecha, no cabe duda, no parece ser la misma de hace veinte años...
-Por
supuesto, la derecha del 5 de octubre aquél ha tenido un ¡tremendo¡
progreso. La calidad democrática del voto Sí era infinitamente menor
que la calidad democrática del voto de la derecha de hoy. Nadie de
buena fe podría decir que un voto de derecha en la próxima elección
tiene menos calidad democrática que uno de la Concertación.Y la falta
de proyectos que uno puede detectar en ella es algo que nos aqueja a
todos los sectores políticos.
"Para los jóvenes, el Sí y el No son historia vieja"
-En cualquier caso, ¿sigue siendo relevante el Sí y el No en la cultura política de hoy?
-Creo
que hay que hacer serios esfuerzos por superar el clivaje del Sí y del
No; aunque todos sabemos que basta hurgar un poco para que esas
sensibilidades aparezcan de nuevo. Pero eso ocurre porque hay
prácticamente dos millones de jóvenes que no están inscritos.
-¿Y eso incidiría a su juicio en el peso que todavía tiene el Sí y el No?
-Por
supuesto, el patrón electoral ha envejecido y los jóvenes no se
incorporan a él y de eso todos somos responsables. Para muchos de
quienes votarán el 2010, el Sí y el No formará parte de la historia.
Será lo que fue para mí el Frente Popular. Una gesta bonita, pero sin
ningún significado vital para ellos.
-¿Usted no es de lo que creen que a los jóvenes no les interesa la política?
-Para
nada. La crisis de representación no es el fruto de que los jóvenes no
tengan interés por los asuntos públicos. Tienen un profundo interés. Lo
que ocurre es que los partidos no son capaces de recogerlo.
-Los
jóvenes de hoy ya no reconocen los viejos clivajes que inspiraron la
política de estos años. El Sí y el No son para ellos historia vieja.
Esos jóvenes -hay dos millones de ellos que no se han inscrito- tienen
hoy un horizonte de expectativas que hay que satisfacer. Ellos
configuran una nueva agenda para la política en Chile... El futuro de
la Concertación pasa por la capacidad de responder a esas expectativas.
Por eso -agrega- siempre he pensado que la inscripción automática y el
voto voluntario podrían cambiar el entorno de incentivos de la
política: de los viejos clivajes a los nuevos desafíos.
-Y en esos nuevos desafíos, ¿qué sentido tiene hoy la distinción entre la izquierda y la derecha?
-Hay
un amplio conjunto de temas -se nota que el asunto lo entusiasma- donde
hay que definir si deciden los ciudadanos, deliberando entre todos, o
el mercado. Hay quienes creemos -los que estamos en la izquierda- que
los ciudadanos deben tener en la mayor cantidad de cosas posibles la
última palabra. Otra manera de expresar lo mismo es decir que hay
algunos que prefieren el modelo de la sociedad americana, con mayor
privatización del riesgo; y otros el modelo de la sociedad europea, con
mayores niveles de prestaciones universales. En esa línea el país tiene
-sobre todo en estos días- abierto un debate de futuro.
-¿El pasado acaso no importa?
-En
una elección se juegan opciones acerca de la sociedad del futuro. Lo
que motiva la política es el futuro. El pasado importa a la hora de la
credibilidad.
"Muchas críticas son justas, sería torpe negarlo y por eso las acepto"
-A propósito del pasado y la credibilidad, ¿cómo toma usted las críticas por su propio desempeño?
-Mire,
muchas críticas son justas, sería torpe negarlo y por eso las acepto;
aunque las críticas comenzaron cuando dejé La Moneda con el 70% de
apoyo. Y, claro, todos vemos encuestas y la conclusión es obvia: hay
que pegarle a este.
-¿Qué significación le confiere a esas críticas tan tempranas?
-Mire
-emplea un tono levemente confidencial- poco después de dejar la
Presidencia, alguien, que tiene vínculos muy cercanos a la derecha, me
dijo: diga hoy Ricardo que no será candidato, que será una reserva
moral para Chile. Si no lo dice van a hacer esfuerzos por destruirlo.
Entonces no le creí, ahora a veces pienso que tenía toda la razón.
-En cualquier caso, las críticas -hacerlas y recibirlas- es propio del oficio de la política...
-Sí,
por supuesto. Por eso se asiste a ellas con la convicción de lo que uno
hizo. Lo volvería a hacer: las decisiones de fondo serían las mismas.
Después de todo, la discusión de fondo es si queremos o no tener
Ferrocarril en Chile. Incluso el Transantiago -adivina la pregunta
obvia- porque las políticas públicas suponen una decisión, un diseño y
una implementación que ayuda a ajustar ese diseño. Cuando he dicho
esto, se dice que echo la culpa a la Presidenta. Y lo dicen los mismos
que luego le restan su apoyo. Esto no es echar la culpa a la Presidenta
(aunque me alegro que la defiendan) sino decir algo obvio... Pero
entiendo que todo esto está en el oficio. Guardando las distancias ¡qué
cosas no le dijeron a Manuel Montt cuando fue nombrado ministro de la
Corte Suprema!
-Más tarde -hacia el final de la conversación-
volvería sobre este lado de la política que le parece especialmente
ingrato e incómodo.
Crisis: "La situación económica se deteriorará"
-¿Cuánto piensa usted que podría influir la crisis financiera en la próxima contienda presidencial?
-Sin
duda podría influir, y mucho. Esa influencia -de nuevo aparece el
expositor a sus anchas- puede tener dos sentidos que por lo demás ya se
están configurando. Por una parte, la situación económica se
deteriorará y por la otra es probable que el discurso pro mercado, en
la versión más extrema, se deteriore.
-¿Al extremo, diría usted, de cambiar el eje de la discusión?
-Si
todo esto continuara y hay depresión (recuerde usted que la depresión
apareció un año después de la crisis del 29) sin duda cambiará el eje
de la política y las sensibilidades del electorado en Chile. La
política es finalmente un ejercicio, recuerde usted, de futuro.
Finalmente -continúa sin respiro- el debate de futuro se estructura
casi siempre en torno a tres ejes: estado, mercado y sociedad. Cuando
usted enfatiza en demasía el estado, tiene un muro; cuando enfatiza el
mercado tiene la crisis de Wall Street. Allí entonces es la hora de
mayor incidencia de la sociedad sobre los asuntos comunes.
-Las
crisis pareciera que tienden a favorecer los liderazgos fuertes. De
hecho usted mejoró notablemente la valoración ciudadana luego de las
torres gemelas...
-Así fue. Ese fue un momento que cambió la trayectoria en la valoración ciudadana."La política tiene un lado opaco, calculador"
-¿Cómo aprecia usted el debate político en Chile? ¿Lo considera débil? ¿Podría ser mejor?
-El
debate de hoy -y no me refiero a las críticas que, como le dije, son
parte del oficio- es triste y descalificatorio. Con un lenguaje que no
respeta ni siquiera a la institución de la Presidencia de la República.
Se suma a ello que los temas que importan -la crisis financiera entre
ellos- no están porque estamos presos de la coyuntura, como si lo
inmediato fuera lo único que nos importara.
-¿Y la competencia electoral?
-Ya
lo vimos ¿no? La cultura de coalición, las lealtades -en una palabra-
se han deteriorado. Hoy día si un candidato no es nominado por el
partido, dice: muy bien, entonces voy por fuera del partido. Falta, en
suma, una cultura del interés común.
-Da la impresión que a usted la política -la del día a día- no le gustara del todo ¿es correcta esa impresión?
-En
algún sentido, sí. La política tiene un lado opaco, calculador, que
podríamos resumir diciendo que consiste en sacar la segunda derivada.
Es como si alguien de la Concertación pensara que esta elección la
vamos a perder y entonces estuviera pensando, a la hora de la
negociación, en la siguiente, a pesar que todos creyéramos que estamos
hablando de esta. Por supuesto yo también sé sacar la segunda derivada;
pero eso no hace a la buena política. Esa dimensión de la política,
debo confesarle, no me acomoda del todo.
-¿Y la relación con la prensa?
-Mire
-dicho con el tono asertivo- nunca acostumbré mantener complicidades,
que son tan propias de la política, con la prensa. Y en cualquier caso
abrigué expectativas -que no se cumplieron- de un trato más equilibrado
e imparcial de parte de la prensa.
-¿Y la relación con los partidos?
-La relación con la base me encanta; la dirigencia, claro, es pecata minuta, pero no vale la pena quejarse: es lo que es.
-¿Tiene todo eso que ver con su disposición a no competir?
-En
algún sentido, sí. Por estos mismos días he participado en actos de
campaña. Y no me imaginé haciéndolo yo mismo, pidiendo el voto para mí.
Se lo confieso francamente: no me vi, justo hoy, pidiendo el voto para
mí.
-¿Bajo ninguna circunstancia sería entonces candidato?
-Afirmar
algo así en cualquier esfera de asuntos -bajo ninguna circunstancia
haría tal o cual cosa- es obviamente presuntuoso. Y no quiero incurrir
en ese defecto que alguna vez se me ha reprochado. Simplemente no estoy
en carrera y mis actos muestran, y mostrarán, que no haré nada para
estar en carrera. Todo esto no quiere decir, por supuesto, que no me
alimentaré del debate público en Chile.
-¿Retirado entonces, quizás en la reserva, como quien mira desde la distancia sus éxitos?
-No,
nada de eso. Estoy plenamente activo en la política y quiero contribuir
al debate público; pero eso y una candidatura son cosas obviamente
distintas.
Quizá ahora uno puede comprender del todo a Ricardo
Lagos, este político que tantas veces ocultó algo que se parece a la
timidez, mediante un disfraz que se parece a la arrogancia. Es que para
él una cosa es pedir el voto para el país, como lo hizo cuando era
veinte años más joven en la disputa del Sí y el No, y otra cosa hacerlo
para sí mismo ahora. Esto último es algo que él -ya no cabe duda- no
hará nunca más.
"Esos jóvenes -hay dos millones de ellos que no
se han inscrito- tienen hoy un horizonte de expectativas que hay que
satisfacer. Ellos configuran una nueva agenda para la política en
Chile...".
"Hay muchas formas de servir al país y haré lo que
estoy haciendo: ayudar a los candidatos. Tan pronto termine el proceso,
reanudaré las actividades que he venido ejecutando estos últimos dos
años".
"No quiero ser peyorativo. Pero que Piñera -que hace
veinte años votó que No- sea el candidato de la derecha puede
interpretarse como que ese sector rechaza su propia historia. Alguien
diría que es casi un acto fallido".
"Por eso se asiste a ellas
(las críticas) con la convicción de lo que uno hizo. Lo volvería a
hacer: las decisiones de fondo serían las mismas. Después de todo, la
discusión de fondo es si queremos o no tener Ferrocarril en Chile.
Incluso el Transantiago, porque las políticas públicas suponen una
decisión, un diseño y una implementación que ayuda a ajustar ese
diseño".
"No quiero ser peyorativo. Pero que Piñera -que hace
veinte años votó que No- sea el candidato de la derecha puede
interpretarse como que ese sector rechaza su propia historia. Alguien
diría que es casi un acto fallido".
Tan pronto termine el proceso, reanudaré las actividades que he venido ejecutando estos últimos dos años".
"Hay muchas formas de servir al país y haré lo que estoy haciendo: ayudar a los candidatos.
"Nadie
de buena fe podría decir que un voto de derecha en la próxima elección
tiene menos calidad democrática que uno de la Concertación".
Con Prats y Frei: desencuentros provocados por la muerte
Ricardo
Lagos no es, por supuesto, de la generación de Frei Montalva, ni
tampoco tuvo trato personal con él. Estuvo, sin embargo, a punto. Así
lo relata:
"Luego del golpe, estaba en Chapel Hill (se refiere a
la Universidad de Carolina del Norte, donde enseñó en esos años) y
Federico Gil (el autor de "El sistema político de Chile", un famoso
texto de los setenta) me invitó a cenar con el ex Presidente que andaba
por allá. No quise hacerlo. Y es que entonces tenía sentimientos más
bien encontrados con Frei Montalva.
Sólo mucho más tarde, para
la crisis de los 80, escribí un artículo para la revista "Hoy". Recibí
entonces un llamado de Eduardo Frei Montalva. Fue muy amable, alabó el
artículo, y me sugirió que nos encontráramos:
"Desgraciadamente
-agregó- debo hacerme una pequeña intervención. Nada importante.
Después de eso nos encontramos", me dijo. Frei -lo sabemos todos- no
sobrevivió a esa operación y nunca pudimos conversar como lo habíamos
previsto".
Algo similar le ocurrió también con Prats. Un desencuentro provocado por la muerte.
"Carlos
Prats estaba entonces en Buenos Aires y me confió que estaba
escribiendo sus memorias. 'Quizás usted pueda ayudarme a un capítulo
sobre el futuro que estoy escribiendo', me decía en una carta. Por
supuesto, le envié mis opiniones. Recibí una carta de él, póstuma.
Seguramente la despachó un día o dos antes de ser asesinado".
Con Frei Ruiz-Tagle: Lota, la crisis asiática y su nueva candidatura
"Frei-Ruiz
Tagle fue un muy buen Presidente. Recuerdo que alguna vez cuando
discutimos cerrar la mina de Lota (algo que no era precisamente
popular) prefirió ser él quien lo comunicara a la ciudadanía y no el
ministro. Fue un gesto similar a otro que -en medio del conflicto con
los profesores- tuvo Aylwin. Nada más perjudicó a Frei el manejo
responsable que él hizo de la crisis asiática. Siempre pensé que cuando
terminara su gobierno y entrara a algún café del centro de Santiago, la
gente lo miraría y diría: 'Ahí está el futuro Presidente de Chile'. Me
equivoqué. Eso no ocurrió; pero el hecho que hoy esté compitiendo me
parece muy bien. Todos los nombres que han surgido garantizan un buen
candidato o candidata para la Concertación".
Con Jaime Guzmán: sonrisas con simpatía
"Nunca
tuvimos un trato frecuente, ni siquiera cuando fui ministro y él era
senador", relata. "Competimos, como todos saben, por una senaturía y
allí pudimos debatir. Jaime Guzmán desgraciadamente fue una
inteligencia al servicio de una dictadura. Por supuesto, supe que el
tema de los derechos humanos le interesaba y que había personas que
habían recurrido a él en busca de ayuda; pero nunca comprendí que un
jurista de su inteligencia -de eso no cabe duda- avalara las acciones
de una dictadura como la de Pinochet.
Entonces no tuve casi
relaciones con él. Yo estaba en la Chile y él en la Católica. Así que
casi no nos relacionamos. Nos vimos después en algunos foros y recuerdo
sólo una vez -discutíamos de libertad de prensa- en la que nos
sonreímos con mutua simpatía".


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